El sabor de las batallas perdidas es sin lugar a dudas unas de los estímulos mas crudos que puede ser captado por nuestro sistema nervioso central. El tomar decisiones es de por sí una experiencia de ansiedad marcada, en algunos casos más que en otros, es un reto puesto por nosotros mismos siendo estas nuestras herramientas para abrirnos paso ante el mar turbulento que osada en envolvernos, en donde el problema radica en que a veces elegimos mal la herramienta que nos servirá como arma de combate.
Si bien no hay nada mejor que tomar nuestras propias elecciones, sentirnos capaces de tomar las dobladas riendas de nuestra inexperimentada vida y hacer el intento de llenar cada vez mas nuestras expectativas, no deja de ser menos cierto que cuando fallamos pareciera que todo se pone en contra, que se erigen grandes muros aislantes de nuestro ser avergonzado con respecto al medio del cual formamos parte; nuestras familias, nuestros amigos, lo que somos, lo que aspiramos ser e incluso las personas, que por estar apoyadas de nosotros, representamos.
Queda por lo menos el consuelo, porque siempre hay algo positivo que sacar, porque hay del cual valernos, porque somos seres egocéntricos convencidos de ser autosuficientes como mecanismo de defensa inconsciente, podemos denotar que si caímos bajo, si estamos en el fango, adoloridos a causa del proceso, es al menos debido a una elección propia y no de alguien más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario