Trágico
momento en el cual consideramos ser poseedores de nuestra realidad, de vivir
aquello que justamente demandamos que vaya tal cual nuestra solicitud, para al
final darnos cuenta que todo ha permanecido como viles ilusiones que nos
consumen poco a poco hasta el mas ultimo de
nuestros deseos por seguir hacia adelante.
Ven amigo
mio, déjame posar sobre tu hombro, mi mejilla y mi mentón. Déjame perderme en
mi ahogamiento, sucumbir en mis anhelos rotos. Quédate ahí y guarda silencio
fúnebre, pues hoy no preciso palabras de aliento sino solo aquel acto tan
reconstituyente que consiste en tomar tus extremidades superiores y bordearlas
alrededor de mi silueta.
Si
algo tibio empapa tu camisa y escuchas
cristales romperse al caer; no te alarmes, no preguntes, no comentes, no me
juzgues. Solo me deshago de aquellos cristales que poco a poco hieren el
perímetro de todo lo largo de mi endotelio.
Amigo mio,
déjame llorar sin detenerme que la noche es joven. Déjame gritar pues la luna
esta presente para escucharme. Déjame ahogarme en un mar de deseos incumplidos
cual demagogia autoimpuesta. Déjame, sin mas, refugiarme en un pedazo de ti.
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