Esta tarde se abrieron los cielos para dejar caer gotas de lamento y esperanza. Llovía y parecía mi alma propia que estando en completo silencio reflejaba su sentir. Hoy, como muchos otros tantos días, caigo en los tropiezos de mi pesado camino. Hoy, como en muchos otros días grises, me doy cuenta de la palidez del asunto, de que esto no parece querer acabar, que la prueba continúa para ver hasta donde somos capaces de llegar, de resistir, de aguantar…
La batalla, la carrera o como se le quiera decir, no es más que aquella a la que estamos supuestos a dar siempre la buena cara y tratar de nunca voltearle la misma. Admito desde la sencillez de mi imperfección que estoy cansada, que a veces pienso no poder más. Otras tantas veces temo el no estar en el lugar correcto.
Es cuando recuerdo sobre todas las cosas que uno forma parte de un plan maestro cuyos objetivos no necesariamente deben estar en pleno conocimiento.
Es cuando recuerdo que cada paso dado siempre va formando un camino que, sinuoso al fin, me lleve hasta donde mi fuerza de voluntad y disposición me lo permitan.
No es cuestión de estar “capacitados” desde antes de ser elegidos para cumplir con aquel mandato personal al que llamamos meta, anhelo o sueño sino de estar disponible para que aquel que es verdaderamente grande haga su obra dándote la capacidad de la cual careces.
curiosamente esta entrada fue escrito hace aprox 1 año. Salvo la parte en la que hoy NO LLOVIÓ, me da gusto el sentir que pude trasladarme al día en el que entendí lo que he plasmado aquí (fruto de caídas y levantadas) y revivir ese concepto de manera intrínseca.
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